El padre la entregó a los temibles apaches solo porque nació albina… pero nadie sospechaba siquiera qué ocurriría en el momento en que ella cruzara por primera vez el umbral de su casa.-TANTONA
Esa palabra resonó largo tiempo en su cabeza, como algo imposible. Lucía estaba de pie en la puerta de la pequeña habitación y por primera vez en muchos años no sentía que la hubieran acorralado.
Miraba a Nantan y trataba de entender cómo había sucedido que el hombre al que todos llamaban un salvaje cruel resultara ser el único que le dio el derecho de decidir por sí misma.
Aquella noche no durmió durante mucho tiempo. Escuchaba el viento en las colinas, el leve crepitar del fuego y los pasos de Nantan afuera. Realmente se había quedado allí, como había dicho. No intentó entrar, no exigió nada, no le recordó que según las leyes del pueblo ella ya le pertenecía.
Al amanecer Lucía salió al patio. Nantan estaba sentado junto al fuego, afilando tranquilamente un cuchillo. Al verla, solo asintió, como si su acuerdo silencioso fuera la cosa más natural del mundo.
Y fue precisamente en ese momento cuando Lucía sintió un sentimiento extraño, casi desconocido. No miedo, no sumisión y ni siquiera gratitud.
Era algo más profundo: una callada certeza de que quizá su vida no había terminado allí, en el pueblo donde la consideraban una maldición.
Se sentó lentamente a su lado y extendió las manos hacia el calor del fuego. Por primera vez en muchos años no quería huir del futuro.
Pasaron varios meses. Un día, uno de los habitantes del pueblo, al pasar por las colinas, vio por casualidad su casa.