tenía el número de Rosa memorizado. Lo marcamos desde mi teléfono.
Contestó al tercer tono.
Cuando escuchó la voz de Abigail, se quedó callada.
—Señorita Abi…
—Rosa, necesito saber si todavía tienes acceso a la cuenta vieja de las cámaras.
Del otro lado hubo un silencio largo.
—¿Qué pasó?
Abigail cerró los ojos.
—Lo que tú me dijiste que un día iba a pasar.
Rosa llegó cuarenta minutos después.
Era una mujer de unos cincuenta años, cabello recogido y manos ásperas de tanto trabajo. Venía con un mandil debajo de una chamarra ligera. Entró a la sala sin mirar a los Ferguson.
Traía una memoria USB.
—No sabía si debía guardar esto —dijo—. Ahora sé que sí.
Patricia palideció.
—Rosa, piense muy bien lo que está haciendo.
Rosa la miró por primera vez.
—Llevo años pensando demasiado en lo que ustedes hacen.
Los agentes pidieron una computadora del hospital para