Me volví hacia Mauricio sin soltar la puerta.
Se escuchó un clic.
El fondo de madera se levantó.
Debajo había un compartimento oculto.
Mi madre soltó un sollozo.
—No sabía que seguía ahí.
Dentro había una caja metálica.
La saqué.
Pesaba más de lo que esperaba.
Tenía una pequeña cerradura.
Y encima había una nota escrita con la letra de mi padre.
Mi nombre.
**DANIELA.**
Sentí que se me aflojaban las piernas.
Abrí la caja.
Había documentos.
Fotografías.
Dos teléfonos antiguos.
Una memoria USB.
Y un sobre sellado.
Lo abrí con manos temblorosas.
La primera hoja era un contrato de compraventa.
La segunda era una copia de una escritura.
La tercera me dejó sin respiración.
Era un documento de una cuenta bancaria.
A nombre de una empresa que no reconocía.
Pero debajo aparecía el nombre de Mauricio.
Mi esposo.
Me quedé inmóvil.
—Mamá…
Ella se acercó.
—¿Qué dice?
Le entregué el documento.
Mi madre comenzó a leer.
Su rostro cambió.
—No…
—¿Qué pasa?
Ella levantó los ojos.
—Esta empresa pertenecía a tu padre.
Volví a mirar el papel.
—¿Y por qué aparece Mauricio?
Mi madre no respondió.
Desde el pasillo escuchamos la voz de Patricia.
—Porque tu padre descubrió lo que estaba haciendo.
Me levanté.
Patricia estaba en la puerta.
Mauricio permanecía unos pasos detrás de ella.
—¿Qué estaba haciendo? —pregunté.
Patricia respiró profundamente.
—Robando.
Mauricio negó inmediatamente con la cabeza.
—Mamá.
—Ya basta, Mauricio.
Su voz temblaba.
—Ya has hecho suficiente.
Él la miró con incredulidad.
—¿Vas a contarle todo?
Patricia cerró los ojos.
—Sí.
Sentí un escalofrío.
—Habla.
Patricia entró lentamente.
—Hace tres años, tu padre descubrió que Mauricio había estado desviando dinero de una de sus empresas.
Miré a mi esposo.
Él permaneció callado.
—No era una cantidad pequeña —continuó Patricia—. Tu padre lo confrontó. Mauricio prometió devolverlo.
—Eso es mentira.
—No —dijo ella—. La mentira fue decirte que tu padre estaba orgulloso de él.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Mi padre siempre había sido reservado.
Nunca quiso hablar mal de Mauricio.
Nunca me dio una explicación cuando yo defendía a mi esposo.
Ahora entendía por qué.
Patricia continuó.
—Tu padre compró esta propiedad para protegerte. La puso bajo una fiducia para que Mauricio no pudiera venderla ni utilizarla como garantía.
Miré los documentos.
—¿Y por qué nunca me lo dijo?
Patricia miró a mi madre.
—Porque quería darte una oportunidad de descubrir la verdad por ti misma.
Entonces comprendí las palabras de mi padre.
_Si algún día lastiman a tu madre…_
No se refería únicamente a una agresión física.
Me estaba diciendo que, si algún día veía una señal de que Mauricio había cruzado una línea, debía dejar de creer en las apariencias.
Miré a mi esposo.
—¿Tú sabías de esta casa?
—No.
—¿Sabías de la empresa?
Silencio.
—Mauricio.
Él bajó la cabeza.
Y eso fue suficiente.