Mi hijo cruzó el escenario de graduación con un vestido rojo mientras todos se burlaban… pero lo que llevaba escondido hizo callar a todo el auditorio

Santiago reprodujo el segundo mensaje.

La voz de Valeria volvió.

Pero esta vez sonaba diferente.

Nerviosa.

—Santi, encontré unos papeles en el despacho de papá.

Mauricio cerró los ojos.

Valeria continuó:

—Hay una póliza a mi nombre. Y también encontré documentos de un préstamo. No entiendo todo, pero aparece la firma de mamá en unas hojas que estoy casi segura de que ella nunca firmó.

Sentí un golpe en el estómago.

—¿Qué póliza? —murmuré.

Santiago pausó el audio.

Mauricio habló rápidamente.

—Era un seguro normal. Nada ilegal.

—¿Por qué Valeria estaba revisando tus papeles?

—Porque era curiosa.

—¿Y mi firma?

—Documentos de la casa. Tú firmas cosas y luego ni te acuerdas.

Lo miré.

Aquello era mentira.

Desde que habíamos comprado nuestra casa en Zapopan, yo guardaba copias de cada documento importante.

—Sigue —le dije a Santiago.

El audio continuó.

—No quiero acusar a nadie todavía. Mañana voy a hablar con mamá. Pero primero voy a tomar fotos de todo.

Después llegó la frase que cambió completamente aquella noche.

—Papá acaba de llegar. Está abajo.

El audio terminó.

Miré a Mauricio.

—Tú me dijiste que esa noche estabas en Querétaro.

No contestó.

—Mauricio.

—Regresé antes.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—No tenía importancia.

Santiago soltó una risa amarga.

—Claro que tenía importancia.

Entonces abrió una fotografía.

Valeria había tomado una imagen de varios documentos extendidos sobre el escritorio.

No podía leer todos los detalles desde ahí.

Pero reconocí mi nombre.

Lucía Hernández de Ramírez.

Debajo había una firma.

Parecía la mía.

Pero no lo era.

—Eso no lo firmé yo.

Mauricio bajó la voz.

—Podemos hablarlo en casa.

—¿Cuánto dinero?

No respondió.

—¿Cuánto?

Santiago amplió la fotografía.

La cifra apareció.

$1,850,000 pesos.

Sentí náuseas.

Era un crédito respaldado parcialmente por nuestra propiedad.

—¿Usaste mi firma para pedir casi dos millones de pesos?

—No fue así.

—Entonces explícame cómo fue.

Mauricio se pasó ambas manos por el rostro.

—Mi empresa estaba pasando por una situación difícil.

Eso sí lo sabía.

Su negocio de distribución había perdido dos clientes grandes.

Pero él siempre aseguraba que todo estaba bajo control.

—Pensaba pagarlo antes de que te enteraras.

—¿Y Valeria descubrió todo?

Mauricio guardó silencio.

Santiago contestó:

—Sí.

La gente que quedaba alrededor parecía contener la respiración.

—¿Qué tiene esto que ver con el accidente? —pregunté.

Mauricio levantó inmediatamente la cabeza.

—Nada.

Demasiado rápido.

Santiago y yo lo miramos al mismo tiempo.

—Yo nunca dije que tuviera relación —respondí.

Mauricio se quedó inmóvil.

Por primera vez vi miedo verdadero en su rostro.

Santiago abrió otro archivo.

—Hay un tercer audio.