Mi hijo se convirtió en donante para salvar a su hermana de cinco años. Murió, y en su cumpleaños número 18 ella recibió una tarjeta que decía: «Feliz cumpleaños, hermanita»

una emoción que llenaba la casa. Cuando Julia bajó la escalera con su vestido azul nuevo, gritaron de alegría y la abrazaron. Yo miraba desde cerca, tratando de guardar cada segundo.

—Primero este —dijo Julia, alcanzando la pila de regalos.

Sus dedos se detuvieron sobre un sobre blanco sin adorno.

—¿De quién es?

—No es nuestro —dijo Camila—. Lo encontramos en el buzón, dirigido a Julia.

Algo en ese sobre me apretó el estómago. Julia lo abrió y cayó una fotografía: era ella en la cafetería donde trabajaba, tomada tres días antes desde la acera de enfrente.

—¿Tú hiciste esto, mamá?

—No. Nunca vi esa foto.

Desdobló la tarjeta y las manos empezaron a temblarle: «Feliz cumpleaños, hermanita. Prometí que estaría aquí».

—Bruno fue mi único hermano. Mamá, ¿quién escribió esto?

No pude contestar. Alguien sabía dónde trabajaba Julia y cuándo estaría allí. Y una frase se repetía en mi