Cuando salieron rumbo al trabajo, los vi desde la ventana. Roberto caminaba adelante, rápido, sin esperar a nadie. Lucía trotaba detrás de él como siempre, tratando de alcanzarle el paso al hombre que confundía autoridad con grosería. Los observé subirse a su coche nuevo. Esperé a que doblaran la esquina.
Luego fui a mi recámara.
Abrí el cajón de la mesita de noche y saqué mi libreta vieja de contactos. La de tapas negras, gastadas por los años. La de La Olla de Cobre. Pasé las páginas con calma hasta encontrar lo que buscaba.
Mudanzas El Toro – Don Anselmo
Marqué.
—¿Bueno?
—Don Anselmo, habla Francisca. La de La Olla de Cobre.
Hubo un segundo de silencio. Después una carcajada cálida.
—¡Doña Francisca! ¿Dónde se me había metido? Si hasta extraño sus chiles rellenos.
—Necesito un favor, Anselmo. Uno grande.
—Lo que usted mande.
Miré la sala. Miré el comedor. Miré la cocina reluciente. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, una paz feroz.
—Necesito el camión más grande que tenga. Y lo necesito hoy. Voy a vaciar un departamento.
—¿Hoy mismo?
—Ahora mismo. Digamos que hay un problema de malos olores y urge sanear el ambiente.
Se rio.
—En cuarenta minutos estoy allí.
—Llévense todo lo que tenga etiqueta verde —dije.
Colgué, busqué la cinta adhesiva y empecé a marcar mis cosas. Prácticamente todo el departamento quedó salpicado de pequeños cuadros verdes. Al entrar al cuarto de Lucía y Roberto, metí sus perfumes, maquillajes y aparatos en una bolsa, pero me detuve. No. Yo no soy ladrona ni vándala. Saqué todo y lo dejé sobre la cama. Yo no iba a tocar lo suyo. Me iba a llevar lo mío. Y el verdadero problema para ellos era que, en esa casa, casi todo era mío.
Trabajé como hacía años no trabajaba. Descolgué cuadros, envolví porcelanas, vacié despensas, separé mi comida de la suya. Mientras desconectaba la televisión, recordé la vez que Roberto perdió el empleo y yo llené su refrigerador durante seis meses. Mientras sacaba mis sábanas del clóset, recordé las noches sin dormir para pagar la carrera de Lucía. Mientras retiraba la vajilla fina, recordé la primera vez que él me llamó “suegrita” con esa dulzura falsa de los hombres que ya están calculando cuánto te pueden exprimir.