Entonces la luz desapareció. La tumba volvió a ser piedra fría, inalterada. Pero mientras permanecía de pie, se dio cuenta de que algo dentro de él había cambiado.
Su grito rompió el amanecer, resonando en el silencioso cementerio. Lo que lo despertó no fue solo miedo, sino algo imposible. Un suave resplandor envolvía la tumba de su madre, palpitando como un corazón bajo tierra. El aire se sentía denso, casi vivo, y supo que algo estaba sucediendo que no podía explicar. No corrió. Todos sus instintos le decían que huyera, pero se quedó paralizado. La luz se intensificó, pero no era deslumbrante ni cegadora. Se sentía cálida, constante, casi familiar, como algo que había conocido hacía mucho tiempo pero que había olvidado. Entonces llegó la sensación. No un contacto, ni una voz, sino algo más profundo. Una presencia silenciosa lo rodeó, brindándole una sensación de consuelo que trascendía el miedo. Fue como si la memoria misma hubiera cobrado forma, envolviéndolo suavemente. Sus rodillas flaquearon y cayó junto a la tumba. Las emociones que había reprimido durante años resurgieron de repente: arrepentimiento, amor y anhelo. Palabras que nunca pronunció le oprimían el pecho, pesadas y urgentes. Página siguiente