Tengo 72 años y llevaba ocho viuda cuando apareció Ernesto. Durante un año tuvimos una relación que me hacía feliz

-Entonces no quieres vivir conmigo.

Le dije que no era exactamente eso.

-Maite, o quieres vivir conmigo o no quieres.

A lo mejor tenía razón. El problema era que yo le quería a él, pero no quería aquella convivencia.

Durante unos días intentamos cambiar algunas cosas. Ernesto dejó de preguntarme tanto por mis planes. Yo intenté que no me irritaran sus cosas en el baño. Hasta acordamos que algunas tardes cada uno iría a su aire. No funcionó. Porque el problema no eran las llaves, ni las sartenes, ni la radio.

Una noche se lo expliqué como mejor supe. Durante casi cuarenta años había compartido mi vida con Paco. Había sido esposa, madre y la persona que sabía qué necesitaba cada uno en casa. Perderlo me hizo sufrir muchísimo, pero con los años había descubierto una independencia que nunca antes había tenido. Y no quería perderla ahora solo porque me había vuelto a enamorar.

Ernesto se quedó callado. Luego me confesó que él también echaba de menos cosas de su antigua casa: escuchar la radio en la cama, cenar cualquier cosa o invitar a un amigo sin pensar si a mí me molestaría.

Nos miramos y casi nos entró la risa. Los dos estábamos intentando demostrar que lo nuestro iba en serio viviendo de una manera que ninguno de los dos necesitaba de verdad.

Ernesto encontró otro piso a quince minutos andando del mío.

El día que se llevó las últimas cajas, lloré. Él también estaba emocionado. Por un momento parecía que estábamos terminando una relación que ninguno quería terminar.

Pero esa misma noche me llamó.

-¿Mañana desayunamos juntos?

Le dije que sí.

De eso hace nueve meses. Seguimos juntos. Cada uno tiene la llave de la casa del otro. Pasamos noches juntos y hay semanas en que prácticamente no nos separamos. Pero también tenemos nuestras camas, nuestros armarios y nuestras mañanas en silencio.

Hace poco Ernesto volvió a decir la frase con la que empezó todo: «A nuestra edad no tiene sentido mantener dos casas». Y luego se rió.

-Aunque a lo mejor sí.

Yo también me reí.

A los veinte años habría pensado que querer a alguien era querer compartirlo todo. A los 72 he descubierto que puedo querer muchísimo a una persona y, aun así, necesitar algunas noches cerrar la puerta de mi casa sabiendo que detrás solo estoy yo.