Sus hijos no habían venido a despedirse de su padre.
Habían venido a buscar algo.
Y ahora estaban convencidos de
que yo lo tenía.
Los golpes volvieron a sonar.
—Isabel, abre la puerta —insistió Daniel—. No queremos problemas.
Aquella frase consiguió exactamente locontrario de lo que pretendía. Después de dos años escuchando a Harrison hablar de sus hijos, sabía que cuando Daniel decía que no quería problemas significaba que esperaba conseguir lo que quería sin que nadie se opusiera.
El abogado, don Álvaro Mendoza, se acercó a mí y bajó la voz.
—No les entregue absolutamente nada.
—Pero ¿cómo saben que está usted aquí?
Álvaro miró hacia la puerta.
—Eso
es precisamente lo que me preocupa.
Guardé rápidamente las cartas de Harrison dentro del sobre. Álvaro recogió el resto de los documentos y los introdujo en su maletín.