Esa tarde los instaló en un hotel.
No llamó a Mauricio.
No respondió sus mensajes.
En cambio, contactó a una abogada y le entregó absolutamente todo.
Comprobantes de transferencias.
Fotografías del contrato.
Mensajes.
Datos de la empresa.
La abogada tardó horas revisándolos.
Finalmente levantó la cabeza.
—Daniela, aquí hay algo importante.
Giró la computadora.
—El dinero que enviabas desde España entraba regularmente en la cuenta que tú conocías.
—Sí.
—Pero después era transferido.
Daniela acercó la silla.
Decenas de movimientos aparecieron en pantalla.
Muchos terminaban en cuentas vinculadas a Mauricio.
Otros iban a una empresa.
Y algunos…
a una mujer llamada Lorena Castillo.
—¿Quién es?
Daniela negó.
Nunca había escuchado aquel nombre.
La abogada siguió revisando.
—Hay más.
La empresa que apareció en la compraventa de la casa tenía como administradora a Lorena.
Daniela sintió que algo encajaba.
—Entonces Mauricio vendió la casa de nuestros padres a alguien cercano a él.
—Eso parece.
—¿Y mis padres firmaron creyendo que era otra cosa?
—Eso habrá que demostrarlo.
La abogada cerró la carpeta.
—Pero conserva todos los mensajes. Y no enfrentes sola a tu hermano.
Daniela obedeció.