Por primera vez en ocho años, dejó de actuar como la hija que solucionaba problemas enviando dinero.
Ahora quería saber adónde había ido cada peso.
Mauricio apareció en el hotel aquella misma noche.
Golpeó la puerta.
—¡Daniela!
Ella no abrió.
—Sé que están ahí.
Su padre comenzó a temblar.
Daniela tomó el teléfono.
—Ya pedí ayuda. Si intentas entrar, quedará registrado.
El silencio del otro lado duró varios segundos.
Después Mauricio cambió completamente de tono.
—Hermana, podemos arreglar esto.
Daniela casi se rio.
—¿Qué quieres arreglar primero? ¿Ocho años de transferencias o la casa?
—Mamá y papá te contaron solo una parte.
—Perfecto. Cuéntame la tuya.
—Abre.
—Habla desde ahí.
Mauricio guardó silencio.
Entonces cometió el error que Daniela necesitaba.
—Yo iba a devolver el dinero.
Su padre levantó la cabeza.
Daniela activó la grabación.
—¿Qué dinero?
Mauricio comprendió demasiado tarde.
—No juegues conmigo.
—¿El dinero que decías que entregabas a nuestros padres?
Silencio.
—¿O el dinero de la casa?
—Daniela…
—¿O mis transferencias?
Golpeó la puerta.
—¡Yo también merecía algo!
Su madre comenzó a llorar.
Mauricio siguió gritando.