—Vámonos, mi amor. Ya nadie te va a volver a tocar. Te lo juro por mi vida.
Salieron de la clínica y tomaron 1 taxi directo a la delegación Iztapalapa, a casa de su hermana Carmen. Durante el trayecto de 40 minutos, el teléfono de Elena empezó a vibrar. Era Arturo. 1 llamada, 2 llamadas, 5 llamadas perdidas. Luego, 1 mensaje de WhatsApp: “¿Dónde chingados están? Ya llegué a la casa y no hay comida hecha. Más te vale que no le estés gastando el dinero a lo pendejo a esa chamaca”.
Elena apagó el celular. Al llegar a casa de Carmen, las hermanas se abrazaron en la puerta. En cuanto Elena pronunció las palabras “Arturo” y “embarazo”, Carmen cerró con 3 seguros la puerta de metal, metió a la niña a la recámara del fondo y comenzó a hacer llamadas. Esa misma tarde, escoltadas por 2 patrullas, llegaron a las instalaciones del Ministerio Público especializado en delitos contra menores.El proceso fue 1 tortura burocrática de 12 horas. Declaraciones, peritajes psicológicos, exámenes médicos legistas. En cada paso, a Sofía se le iba apagando un poco más la voz, pero la mirada de Elena se volvía más de acero. A las 2 de la madrugada, mientras esperaban en 1 banca de madera fría, el teléfono de Carmen sonó. Era 1 número desconocido. Al contestar, la voz de Arturo sonó pastosa, borracha y amenazante.
—Dile a tu hermana que ya sé que están de mitoteras con la policía. Dile que si abre el hocico, la voy a encontrar. A ella y a la mocosa. Las voy a hacer picadillo antes de que me metan a la cárcel.
Carmen puso el altavoz. La agente de la policía de investigación que estaba redactando el expediente levantó la vista. Ese error le costó la libertad a Arturo. Con la amenaza grabada y el dictamen médico en mano, el juez no dudó en emitir 1 orden de aprehensión inmediata.
La tensión en la familia llegó a niveles asfixiantes. Pasaron 3 días encerradas en casa de Carmen, con las persianas bajadas y el corazón en la boca cada vez que 1 perro ladraba en la calle. Sofía tenía pesadillas donde gritaba pidiendo auxilio. Elena no dormía; se pasaba las noches sentada en 1 silla frente a la puerta principal con 1 cuchillo de cocina en la mano, dispuesta a matar si ese monstruo intentaba entrar.
Al cuarto día, la noticia llegó. A las 8 de la mañana, la comandante a cargo del caso llamó a Elena. Habían capturado a Arturo en 1 central de autobuses, intentando huir hacia el norte del país. Llevaba 1 maleta y 1 boleto de ida. Cuando lo detuvieron, el muy cobarde lloró y juró que la niña lo había provocado.
El día de la audiencia inicial, Elena tuvo que verlo cara a cara a través del cristal de la sala de juicios orales. Él estaba esposado, con el uniforme beige del reclusorio, luciendo diminuto y patético. Intentó clavarle 1 mirada intimidante a Elena, pero ella ya no era la esposa sumisa que le calentaba las tortillas. Era 1 madre loba a la que le habían lastimado a su cría. Elena sostuvo la mirada, sin parpadear, hasta que él agachó la cabeza.
El juicio destapó la podredumbre total. Arturo había abusado de la niña durante 1 año, amenazándola con matar a Elena si decía 1 sola palabra. El monstruo había construido 1 prisión de terror psicológico dentro de su propia casa, confiando en el machismo y en la cultura del silencio que tanto impera en muchas familias. Pero subestimó el amor de 1 madre.
Arturo fue condenado a 45 años de prisión. Cuando el juez dictó la sentencia, en la sala se escuchó 1 suspiro colectivo de justicia.