PARTE 1
El calor de mayo caía a plomo sobre el techo de lámina del patio, pero a Elena se le heló la sangre cuando vio a su hija de 15 años doblarse de dolor junto al lavadero. Sofía, que hasta hacía unas semanas era 1 torbellino de energía, que se pasaba las tardes bailando cumbias en su cuarto y yendo al tianguis a comprar maquillaje barato con sus amigas, ahora parecía 1 sombra. Llevaba 3 semanas arrastrando los pies por la casa, con la cara pálida, dejando el plato de enchiladas intacto sobre la mesa de hule y corriendo al baño por las mañanas con náuseas que le vaciaban el estómago.
Elena, con la intuición que solo tiene 1 madre mexicana curtida por la vida, sabía que algo andaba muy mal. Esa misma noche, mientras calentaba tortillas en el comal, se atrevió a romper el silencio.
—Tenemos que llevar a la niña al Seguro, o a la clínica de la esquina. Lleva 20 días que no retiene bocado, se la pasa durmiendo y tiArturo, su esposo desde hacía 10 años y padrastro de la niña, ni siquiera despegó los ojos del partido de futbol en la televisión. Le dio 1 trago largo a su cerveza y soltó 1 bufido cargado de desprecio.
—No empieces con tus exageraciones, Elena. Esa escuincla solo está fingiendo para no ayudar en la casa. Ya sabes cómo son las chamacas de ahora, puro drama para llamar la atención. No voy a tirar el dinero que gano rompiéndome el lomo en el taller mecánico en doctores nomás por 1 berrinche. Que se tome 1 té de manzanilla y se ponga a barrer.
Las palabras de Arturo cayeron como piedras. Él siempre había sido 1 hombre de carácter duro, de los que creen que los gritos y los golpes en la mesa son la única forma de imponer respeto en 1 hogar. Sofía, que estaba asomada en el pasillo, escuchó todo. Bajó la mirada, se abrazó el vientre con sus 2 brazos delgados y regresó a encerrarse a su cuarto sin hacer el menor ruido. Elena notó cómo los hombros de su hija se tensaban cada vez que Arturo levantaba la voz, 1 detalle que antes le parecía normal por el miedo a los regaños, pero que ahora empezaba a revolverle las entrañas.
La gota que derramó el vaso cayó a las 3 de la madrugada. Elena se levantó por 1 vaso de agua y escuchó 1 llanto ahogado. Al entrar al cuarto, encontró a Sofía hecha 1 ovillo sobre la cama, sudando frío, con las manos aferradas a su estómago.—Mamá, me duele mucho… haz que se detenga —suplicó la niña de 15 años, con los ojos inyectados de terror.
Elena no esperó más. A la mañana siguiente, en cuanto Arturo salió a trabajar, metió a Sofía en 1 taxi y gastó los ahorros que guardaba en 1 lata de galletas para llevarla a 1 clínica privada a 4 calles de su casa. En el consultorio, el ambiente olía a alcohol y a miedo. El médico, 1 hombre mayor de lentes gruesos, le hizo 1 ultrasonido.
La máquina zumbaba en el silencio. De pronto, la mano del doctor se detuvo. Sus ojos se abrieron detrás de los cristales y su rostro perdió todo el color. Miró la pantalla, luego a la niña, y finalmente a la madre. Tragó saliva y bajó la voz a 1 susurro tembloroso, como si las paredes pudieran escuchar.
—Señora… hay algo dentro de ella.