una autoridad tal que los guardias se quedaron paralizados al instante.
Ramira lo miró con ojos ardientes, con lágrimas aún corriendo por sus mejillas, pero ahora esas lágrimas contenían una extraña mezcla de dolor, alivio y una feroz determinación que no había existido minutos antes.
—Mi hija sabe algo —dijo, respirando con dificultad—. Algo que nadie le había preguntado antes… algo que puede demostrar que todo de lo que me acusaron era mentira.
La trabajadora social frunció ligeramente el ceño, visiblemente incómoda, porque el sistema judicial ya había cerrado el caso de Ramira Fuentes hacía mucho tiempo, y reabrirlo ahora parecía imposible.
—Solo es una niña —dijo la trabajadora social con cautela, como si intentara calmar una situación que podría descontrolarse.
Salomé giró lentamente la cabeza hacia la mujer y habló con una calma que resultaba casi inquietante para alguien de su edad.
—Pero recuerdo cosas que los adultos olvidaron