El grito de Ramira resonó contra las frías paredes de hormigón de la sala de visitas, sacudiendo algo en el interior de cada persona presente.

El grito de Ramira resonó contra las frías paredes de hormigón de la sala de visitas, sacudiendo algo en el interior de cada persona presente, porque no era el grito de una prisionera desesperada, sino el de alguien que de repente había visto la luz después de años de oscuridad.

 

 

Los guardias la sujetaron de los brazos, intentando obligarla a volver a sentarse en la silla, pero Ramira resistió con una fuerza nacida de algo más profundo que la ira, algo más cercano a la verdad que finalmente salía a la luz.

 

 

El coronel Méndez, que había estado observando desde la puerta, dio un paso al frente lentamente, alzando una mano que ordenaba a los guardias que se detuvieran antes de que la situación se convirtiera en otro incidente violento registrado en el libro de registro de la prisión.

 

 

—Déjenla hablar —dijo Méndez con calma, con una voz que denotaba