de pie junto a la mesa.
Tras treinta años en la administración penitenciaria, había aprendido una cosa por encima de todas las demás.
Los niños rara vez mentían sobre el miedo.
Y Salomé no hablaba como una niña que se inventa una historia.
Hablaba como alguien que finalmente revela un secreto que se había vuelto demasiado pesado para soportarlo sola.
Méndez se volvió hacia los guardias.
—Cancelen la orden de ejecución —dijo con firmeza.
La sala estalló en reacciones.
—Coronel, no puede hacer eso sin autorización —protestó inmediatamente la trabajadora social.
Pero Méndez ya había sacado su teléfono.
—Entonces pediré autorización —respondió fríamente.
En cuestión de minutos, las llamadas comenzaron a extenderse por la administración penitenciaria, luego por la fiscalía y, finalmente, hacia el juez que había presidido el juicio original de Ramira.
Mientras tanto, Ramira abrazaba a Salomé con fuerza, susurrándole disculpas entre sollozos por los años que su