dime la verdad.
Araceli respiró profundamente.
—Rachid es mi hermano.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Tu hermano?
—Moncho también.
—¿Y Lupita?
—Mi hermana menor.
Araceli se sentó al borde de la cama.
—Cuando murió mi padre, mi madre quedó enferma. Mis hermanos eran pequeños. Yo tuve que irme del pueblo para trabajar. Nunca tuve hijos.
Alejandro recordó todos los rumores.
Todos.
—¿Y por qué dejaste que la gente pensara que eran tus hijos?
Araceli bajó la cabeza.
—Porque era más fácil soportar que me llamaran una mujer de mala fama que explicara que estaba manteniendo a tres niños que dependían de mí.
Alejandro se acercó.
—¿Y la cicatriz?
Araceli tardó en responder.
—Eso es lo que nunca quería que vieras.
Se levantó y se volvió a separar ligeramente la tela.
La cicatriz se recorría parte de su hombro y bajaba hacia el pecho.
—Cuando tenía diecisiete años, hubo un incendio en nuestra