casa. Mi madre y mis hermanos estaban dentro. Yo entre para sacarlos.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
—¿Y esa marca?
—Me cayó encima de una parte del techo.
Araceli miró la cicatriz.
—Desde entonces llevo esto.
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Alejandro tomó su mano.
—Y todos pensaron que…
—Que era una mujer con tres hijos y una historia vergonzosa.
Sonrió con tristeza.
—Nunca me defendí porque mis hermanos necesitaban el dinero. Si la gente quería hablar, que hablara.
Alejandro sintió vergüenza.
No por ella.
Por haber permitido que los rumores influyeran en lo que pensaba.
Pero todavía había algo que no entendía.
—¿Por qué nunca me dijiste la verdad?
Araceli lo miró directamente.
—Porque tenía miedo de que, si sabías quién era realmente, dejarías de quererme.
Alejandro nego con la cabeza.
—Te amé cuando pensé que tenías tres hijos. Te amé cuando todos hablaban mal de ti. Y ahora