anunciar que cocinaría.
Sebastian volvió cinco minutos después con leche.
Mia tomó el vaso.
—Gracias, señor serio.
—Sebastian.
—Señor Sebastian.
—Eso empeoró.
La niña bebió.
Natalie tuvo que ocultar una sonrisa.
Fue entonces cuando Sebastian comprendió algo que lo incomodó.
Había visto a Natalie prácticamente todos los días durante años.
Sabía que organizaba la planta privada.
Que jamás faltaba sin aviso.
Que enviaba parte de su salario a otra cuenta.
Que no participaba en chismes del personal.
Nada más.
No sabía qué música escuchaba.
No sabía dónde vivía.
No sabía que tenía una hija hasta esa noche.
Había confundido discreción con ausencia.
—Empieza por la foto —dijo.
Natalie respiró.
—Mi madre
trabajaba para la suya.
—Aquí?
—No.
—En la antigua residencia de Connecticut.
Sebastian observó la imagen.
—Entonces esa niña eres tú.
—Sí.
—Por qué estás junto a mis padres?
—Porque tu madre me quería.
Una frase extraña.
—Era hija