—Señor Cárdenas, perdón —dijo Elena—. La señora que me la cuida no abrió. No tengo con quién dejarla. Si quiere, me retiro.
La niña levantó la mano.
—Hola. Soy Sofi. Él se llama Capitán, pero no muerde porque es de algodón.
Rodrigo no supo qué contestar. Los adultos le temían. Esa niña lo miraba como si solo fuera un señor muy serio junto a una cafetera.
—Puede quedarse en la salita de televisión —dijo él—. Nada de cocina, nada de escaleras, nada de oficina. Y si rompe algo…
Elena apretó la mano de su hija.
—No va a pasar, señor.
Sofi inclinó la cabeza.
—¿Usted siempre se enoja antes de desayunar?
Elena se puso pálida. Rodrigo parpadeó. Casi se le escapó una sonrisa.
Durante varias semanas, Sofi volvió cuando la guardería fallaba. Se sentaba sobre una cobija con hojas recicladas y acuarelas baratas. Pintaba casas enormes, perros azules y soles verdes.
Rodrigo decía que el ruido le molestaba.
Pero empezó a dejar la puerta de su oficina entreabierta.
Una tarde de lluvia, mientras Elena preparaba la sala para una reunión con inversionistas de Monterrey, Sofi pintaba en el piso. Rodrigo entró con una tablet, fingiendo revisar planos bajo la luz del ventanal. En realidad quería escucharla hablarle a su peluche.
—Ese señor está muy gris, Capitán —susurró la niña.
Rodrigo levantó apenas los ojos.
—¿Quién?
—Usted —dijo Sofi—. Tiene cara de foto sin color.
Esa mañana, Ignacio le había insistido en despedir a Elena.—Una mujer sola con una hija chiquita siempre termina pidiendo favores. Hoy es la niña, mañana es dinero.
Rodrigo no respondió, pero la frase se le quedó clavada.