Por eso hizo algo que después le daría vergüenza.
Se recostó en el sillón y cerró los ojos.
No estaba dormido.
Quería ver qué hacían cuando creían que nadie las vigilaba.
Elena estaba en el comedor. Sofi quedó sola con sus pinturas. Pasaron unos minutos. Rodrigo escuchó pasos pequeños acercarse y sintió una respiración tibia junto a su cara.
Luego algo frío le tocó la mejilla.
Un pincel.
Sofi empezó a pintarle un sol amarillo cerca del ojo, una nube azul en la frente y una línea roja atravesándole la nariz como puente. Rodrigo no se movió. Esperó que abriera un cajón, tomara su reloj o llamara a su mamá.
Pero la niña solo murmuró:—No se preocupe, señor gris. Ahorita lo arreglo.
En ese instante Elena entró con una charola, vio el rostro de su patrón y soltó un grito ahogado.
—¡Sofía!
La niña volteó orgullosa.
—Le estoy poniendo color, mami. Estaba dormido triste.
Rodrigo abrió los ojos.
Y Elena entendió que, en esa casa donde todo tenía precio, su hija acababa de tocar lo único que nadie se atrevía a mirar.