—Revísenlos con quien ustedes quieran antes de firmar cualquier cosa —dijo.
Adrián tomó el sobre.
Lo hizo sin prisa.
El objeto era casi igual al que había iniciado todo: papel doblado dentro de un sobre.
Pero esta vez nadie estaba usando una carta para decidir su vida a escondidas.
La decisión estaba en sus manos.
Literalmente.
Isabel observó a Gabriel.
—¿Vas a quedarte a cenar?
Él tardó un segundo en responder.
No porque dudara de lo que quería, sino porque comprendió lo que significaba que ella hubiera preguntado.
—Si no molesto.
Adrián dejó los documentos sobre la mesa.
—Puedes ayudar con la leña.
Gabriel sonrió apenas.
—Eso sí sé hacerlo.
Adrián caminó hacia la puerta y, por primera vez, Gabriel salió detrás de él sin sentir que estaba siguiendo a un desconocido.
No eran todavía padre e hijo en la forma sencilla que Gabriel habría deseado.