la puerta.
—Señor Mercer —dijo—, necesito registrar a esta mujer.
—Hazlo.
Elena levantó las manos.
No llevaba arma.
Solo el collar, el informe y una pequeña memoria externa protegida dentro de una bolsa de plástico.
Prescott la colocó sobre mi escritorio.
—¿Qué contiene?
—Todo lo que Genevieve logró sacar del laboratorio.
Miré el informe otra vez.
—Empieza desde el principio.
Elena respiró profundamente.
—Yo trabajaba en Halcyon Biomedical.
Conocía el nombre.
Todo Chicago conocía Halcyon.
Una empresa de biotecnología privada especializada en terapias genéticas y oncología.
También conocía a su fundador.
El doctor Victor Sloane.
Había sido amigo de mi familia durante casi veinte años.
Había asistido a mi boda.
Había estado en el funeral de Genevieve.
Y era uno de los asesores que Franklin había consultado cuando mis hijos enfermaron.
—¿Qué tiene que ver Sloane?
Elena me miró directamente.
—Todo.
Prescott dio un paso hacia ella.
—Cuidado.
—Déjala hablar.