ojos enormes.
—Porque todavía estoy viva.
Organizamos una pequeña reunión en el porche.
Nada especial.
Cuatro personas.
Teresa.
Yo.Mariana envuelta en mantas.
Y Bruno tumbado junto a sus pies.
Al principio todos hablaron de cosas pequeñas.
Del jardín.
De una receta.
De un vecino que estaba arreglando su casa.
Cualquier cosa menos de la enfermedad.
Hasta que Mariana los interrumpió.
—He oído que algunas personas piensan que mi marido es un monstruo y otras creen que es un santo.
El silencio fue inmediato.
Una mujer bajó la mirada.
Otro hombre aclaró la garganta.
Mariana siguió hablando.
—Ninguna de las dos cosas es cierta.
Me miró.
—Mi cuerpo huele diferente. Mi marido ha tenido arcadas. Yo he llorado por ello. Bruno probablemente ha sido el más valiente de esta casa.
Nadie sabía qué decir.
—Pero seguimos aquí —continuó.
Respiró con dificultad.
—Estoy cansada de que la gente crea que morir