gente está hablando.
—Lo sé.
—Te están juzgando.
—También lo sé.
Cerró un armario con demasiada fuerza.
—¿Por qué necesitabas publicar aquello?
Pensé en inventar una respuesta noble.
Pero no la tenía.
—Porque me estaba rompiendo.
Teresa dejó de moverse.
—Mi hija se está muriendo.
—Lo sé.
—Y no sé dónde poner toda la rabia que siento.
Aquella vez no había acusación en su voz.
Solo dolor.
La miré.
—Creo que durante unos días la pusiste sobre mí.
Teresa cerró los ojos.
—Sí.
—Está bien.
—No, no está bien.
Respiró profundamente.
—Pero tampoco sé hacerlo mejor.
Por primera vez comprendí que Teresa no era mi enemiga.
Solo era una madre viendo desaparecer a su hija.
Esa misma tarde Mariana pidió algo inesperado.
—Quiero ver a algunas personas.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿A quiénes?
—A pocos vecinos. Los que realmente han estado aquí sin hacer ruido.
—¿Para qué?
Mariana me miró con aquellos