a Mariana a volver a la cama, Bruno intentó subir con ella.
Teresa lo miró.
Esta vez no dijo nada.
Más tarde, cuando estaba a punto de marcharse, Teresa se detuvo frente a mí.
—Andrés.
—¿Sí?
—Perdóname.
—¿Por qué?
—Por pensar que tenías que hacerlo todo perfectamente para merecer estar a su lado.
Bajé la mirada.
—No soy perfecto.
—Ya lo sé.
Me apretó el hombro.
—No la dejes sola.
—No lo haré.
Después de que se marchara, me senté junto a Mariana.
Bruno respiraba pesadamente al otro lado de la cama.
Mariana abrió los ojos.
—¿Estás bien?
Sonreí con tristeza.
—No.
Ella también sonrió apenas.
—Yo tampoco.
Tomó mi mano.
—Andrés.
—Aquí estoy.
—Cuando yo ya no esté, no cuentes una historia bonita solo para sentirte mejor.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—No lo haré.
—Promételo.
Me incliné hasta apoyar mi frente contra la suya.
El olor