Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

seguía allí.

Mi cuerpo se tensó.

No me aparté.

—Lo prometo.

Después de medianoche su respiración comenzó a cambiar.

Quienes han cuidado durante mucho tiempo a una persona muy enferma aprenden a reconocer pequeños cambios.

Las pausas eran más largas.

Cada respiración parecía costarle más trabajo que la anterior.

—Mariana.

No respondió.

Bruno levantó la cabeza.

Me acerqué a ella.

Una respiración.

Una pausa.

Otra respiración.

Otra pausa mucho más larga.

Le agarré la mano.

Estaba fría.

Supe que podía estar acercándose el momento que llevábamos meses temiendo.

Bruno, con un esfuerzo enorme, consiguió subir completamente a la cama.

Se pegó al costado de Mariana.

Apoyó la enorme cabeza junto a su hombro.

Yo me acosté detrás de ella.

La rodeé con los brazos.

Entonces el olor me golpeó de nuevo.

Esta vez con una fuerza terrible.

Mi garganta reaccionó.

Sentí una arcada.

Durante un segundo mi cuerpo volvió a