que no era mía
La puerta se abrió a mis espaldas.
—¿Mamá? —Julia estaba allí con la tarjeta de Bruno en la mano—. ¿Quién es?
—Julia, él es tu padre. Y esa tarjeta es de Bruno. La escribió hace trece años y le pidió a tu padre que te la entregara hoy.
Ramiro se arrodilló lentamente.
—No merezco estar aquí. Lo sé.
—¿Por qué ahora? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Porque Bruno me pidió una cosa. Y yo la considero su última voluntad.
Julia me miró.
—Mamá, ¿qué hago?
La tomé de la mano.
—No me toca a mí decidir. Pero él quiso que supieras que nunca estuviste sola.
Julia guardó silencio mucho tiempo. Luego miró a su padre.
—No puedo prometerte nada.
—Lo sé.
—Pero voy a escucharte.
Y fue suficiente. Unas semanas después, Ramiro empezó a aparecer en cosas pequeñas: un café, una llamada, nada insistente. Solo presencia.