PARTE 1
—Ese lugar es para mi nieta de sangre. Tú quítate de ahí.
Mi papá empujó a mi hija de nueve años frente a toda la familia, en plena cena de Nochebuena, como si Ximena fuera una intrusa y no una niña con un suéter rojo, una trenza chueca y las ganas inocentes de sentarse a la mesa.
Su rodilla pegó contra el piso de madera con un golpe seco. Nadie se levantó.
Ni mi mamá. Ni mi hermana Mariana. Ni los tíos que segundos antes se reían con la boca llena de bacalao, romeritos y ponche. Todos se quedaron callados, con esa clase de silencio que no es sorpresa, sino permiso.
Me llamo Valeria. Soy mamá soltera desde que Ximena tenía dos años, y durante mucho tiempo creí que soportar era lo mismo que ser fuerte. En la casa de mis padres, en Guadalajara, yo aprendí a pedir perdón por existir. Mi hermana Mariana siempre fue “la princesa de la casa”. Yo era “la complicada”, “la sensible”, “la que exageraba”.Esa noche, la casa parecía postal navideña: nacimiento enorme en la sala, luces en las ventanas, olor a canela y pino artificial. Mi mamá había puesto la vajilla buena. Mariana había llegado con su esposo y con Camila, su hija de cinco años, vestida como muñeca de aparador. Camila ocupaba siempre la silla junto a mi papá, don Ernesto, como si fuera un trono.
Ximena no pidió ese lugar. Mi mamá había puesto las tarjetas con nombres, escritas en dorado. La de mi hija estaba justo en esa silla.
Cuando Ximena la vio, sonrió tantito. Caminó hacia ahí con cuidado, como quien no quiere molestar. Tocó el respaldo de la silla y mi papá cambió la cara.
—Ni se te ocurra —dijo.
Todos fingieron no escuchar.
—Papá, su tarjeta está ahí —dije, tratando todavía de hablar como si la razón sirviera en esa casa.
Él soltó una risa fea.
—Tu hija no va a sentarse donde va mi nieta de verdad.
Ximena me miró confundida. No lloraba. Eso me dolió más.
—Yo también soy su nieta —murmuró.
Mi papá se levantó y la empujó del hombro.—No seas igualada.
Entonces cayó.
Mariana bajó la mirada. Mi mamá apretó la servilleta. Un tío carraspeó. Nadie dijo: “Ernesto, ¿qué hiciste?”. Nadie preguntó si Ximena estaba bien.
Me agaché, la levanté y sentí su cuerpo temblando.
—No hiciste nada malo —le susurré.
Luego tomé mi bolsa. Saqué una carpeta beige que llevaba días cargando como si pesara cien kilos. La puse sobre la mesa, entre el ponche y los platos navideños.
Miré a mi papá. Luego a mi mamá.