Noah. Estás en tu cuarto. Ya pasó. Nadie te va a hacer daño. Respira conmigo. Uno… dos… tres. Mi hijo sollozaba con la cara hundida en su hombro, aferrado a ella como un náufrago a un pedazo de madera.
Los sollozos fueron bajando poco a poco. Noah, que llevaba catorce meses sin llorar frente a nadie, lloraba con todo el cuerpo, soltando algo que se le había quedado atorado por dentro. Emma no dejó de abrazarlo ni un segundo. Le acariciaba el cabello, le murmuraba que podía llorar todo lo que quisiera, que eso no lo hacía débil, que los valientes también
se quiebran. Yo seguía de pie frente al monitor, con la pistola colgando de la mano, y por primera vez en mucho tiempo no supe qué hacer.
Bajé el arma. Lo hice sin pensarlo, como quien deja caer un peso que cargó demasiado. Me senté despacio, con