mucho más rápido de lo que imaginaron.
No por mi culpa.
Por sus propias decisiones.
Yo comencé una vida completamente distinta.
Acepté un puesto como administradora en una organización dedicada a apoyar pacientes trasplantados.
Quería acompañar a personas que, como yo, descubrían que sobrevivir era solo el primer paso para volver a empezar.
Un año después recibí una carta inesperada.
Era de mi exsuegra.
La abrí con cierta duda.
Solo contenía unas pocas líneas.
“Cada día recuerdo que sigo viva gracias a ti.”
“Y cada día debo aceptar que mi hijo perdió a la mejor persona que conoció por culpa de nuestro egoísmo.”
No pedía perdón.
No intentaba justificarse.
Solo reconocía la verdad.
Guardé la carta en un cajón.
No respondí.
Había heridas que ya no necesitaban respuesta.
Dos años más tarde acudí a mi revisión anual.
La doctora Oei sonrió al revisar los resultados.
—Su función renal es excelente.