Suspiré aliviada.
Antes de despedirme me dijo algo que nunca olvidaría.
—Muchas personas creen que usted perdió mucho aquel día.
Sonrió.
—Yo creo exactamente lo contrario.
La miré con curiosidad.
—Perdió un riñón.
Pero recuperó toda una vida.
Salí del hospital pensando en esas palabras.
Tenía razón.
Porque el verdadero trasplante no había ocurrido en el quirófano.
Había ocurrido dentro de mí.
Había dejado atrás la necesidad de ser aceptada por personas que solo sabían utilizarme.
Y había aprendido que ningún sacrificio vale la pena cuando el amor depende únicamente de lo que puedes entregar.
El día que firmé aquellos papeles de divorcio, Thaddius creyó que estaba presenciando el final de mi historia.
En realidad, estaba viendo el final de la suya.
La mía apenas acababa de comenzar.