Cuando recibió la resolución, rompió a llorar.
No porque fuera rica.
Sino porque, por primera vez desde la muerte de su esposo, sentía que el futuro volvía a existir.
Sin embargo, el mayor tesoro no resultó ser el oro.
Entre las cajas apareció una carpeta de cuero.
Dentro había diarios personales de Esteban.
Fotografías.
Cartas de amor.
Y escrituras de unas antiguas viñas abandonadas en el valle cercano.
Aquellas tierras seguían registradas.
Nadie las había reclamado.
Con ayuda de un abogado descubrió que también formaban parte de la herencia sin sucesores.
Aunque estaban completamente deterioradas, seguían teniendo valor.
Muchos le aconsejaron venderlo todo inmediatamente.
—Compra un apartamento en la ciudad.
—Invierte el dinero.
—Empieza una nueva vida.
Ana escuchó todos los consejos.
Pero recordó las últimas líneas de la carta.
“Quien devuelva la vida a esta casa.”
Miró las paredes que ella misma había reparado.