PARTE 2: LA TRAMPA CAMBIÓ DE DUEÑO

—¿Y si despierta?

Flynn soltó una risa.

—No despertará.

Fiona permaneció en silencio.

Entonces dijo algo que me heló la sangre.

—Hay un problema.

Abrí apenas los ojos.

Lo suficiente para verla.

—¿Qué problema?

—El capitán.

Flynn se incorporó.

—¿Qué pasa con él?

—Ha cambiado el rumbo.

Silencio.

—¿Hacia dónde?

—No lo sé.

—Entonces averígualo.

Fiona salió apresuradamente.

Flynn permaneció en la habitación.

Yo seguí inmóvil.

Hasta que escuché sus pasos acercarse.

Se inclinó sobre mí.

—Lo siento, Evelyn.

Su voz era casi un susurro.

—De verdad.

Sentí sus dedos cerrarse alrededor de mi muñeca.

Y entonces comprendí que había decidido adelantar el plan.

No esperaría a medianoche.

Me levantaría.

O moriría.

Abrí los ojos.

—Yo también lo siento.

Flynn se quedó petrificado.

—¿Qué…?

Le golpeé la nariz con toda la fuerza que me quedaba.

Gritó y retrocedió.

Me levanté tambaleándome.

No estaba fuerte.

No estaba preparada.

Pero estaba viva.

Y eso era suficiente.

Corrí hacia la puerta.

—¡EVELYN!

No miré atrás.

Salí al pasillo.

La alarma del yate comenzó a sonar.

Una vez.Dos veces.

Tres.

Flynn gritaba detrás de mí.

—¡DETÉNGANLA!

La tripulación apareció.

Pero no para detenerme.

El capitán salió del puente con dos hombres uniformados.

—Señora Sterling —dijo—. ¡Por aquí!

Me quedé paralizada.

—¿Quiénes son ustedes?

El hombre sacó una placa.

—Guardacostas.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

—¿Cómo…?

El capitán señaló discretamente mi teléfono.

—Su jefe de seguridad nos avisó.

Marcus.

Lo había conseguido.

Pero entonces se escuchó un disparo.

Todos se agacharon.

Flynn apareció al final del corredor con un arma.

—¡Nadie se mueva!

Fiona y Aidan estaban detrás de él.

Por primera vez, los tres dejaron de fingir.

No eran mi familia.

Eran mis verdugos.

Flynn apuntó directamente hacia mí.

—Dame el teléfono.

Lo miré.

—¿Sabes qué es lo más gracioso?

—¡Cállate!

—Creías que yo era la heredera ingenua.

Di un paso atrás.

—Pero mi padre nunca me enseñó a confiar en las personas.

Flynn frunció el ceño.

—¿Entonces qué te enseñó?

Sonreí.

—A desconfiar de ellas.