No podía enfrentarme a Flynn.
No así.
Tenía el cuerpo debilitado, estaba en medio del océano y acababa de descubrir que tres personas esperaban que desapareciera antes del amanecer.
Así que hice lo único que ellos no esperaban.
Seguí fingiendo estar drogada.
Regresé a la suite agarrándome de las paredes. En el baño cerré la puerta, abrí el grifo y me obligué a pensar.
Mi padre me había enseñado algo desde pequeña:
Cuando alguien cree que ya ganó, deja de proteger sus secretos.
Saqué el teléfono secundario que utilizaba para asuntos empresariales. Flynn no sabía que lo llevaba.
No tenía señal convencional, pero el yate disponía de conexión satelital.
Escribí un mensaje corto al jefe de seguridad de mi padre, Marcus Reed:
“Intentarán hacerme desaparecer esta noche. Flynn, Aidan y Fiona. Protege a mis padres. Contacta a las autoridades marítimas. No llames. Rastrea el yate.”
Adjunté una grabación parcial que había conseguido activar mientras permanecía junto a la escalera.
Después envié otro mensaje.
“Esperen mi señal.”
Borré las notificaciones y regresé a la cama.
Veinte minutos después entró Flynn.
—Cariño.
Me acarició la mejilla.
Tuve que controlar cada músculo para no apartarme.La última noche
—Cariño.
Me acarició la mejilla.
Tuve que controlar cada músculo para no apartarme.
—Te ves pálida —susurró.
Sonreí.
O al menos intenté hacerlo.
—Creo que necesito dormir.
Flynn me observó durante unos segundos demasiado largos.
—Claro. Descansa.
Me besó la frente.
Sentí náuseas.
No por las pastillas.
Por él.
Esperé hasta escuchar cómo se cerraba la puerta.
Entonces abrí los ojos.
Y sonreí.
Porque acababa de comprender algo.
Flynn no sabía que yo estaba despierta.
Pero alguien más sí.
Mi teléfono vibró una sola vez debajo de la almohada.
MARCUS: RECIBIDO. ESTAMOS EN POSICIÓN. NO HAGAS NADA HASTA QUE TE CONFIRMEMOS.
Cerré los ojos.
Por primera vez desde que escuché aquella conversación, pude respirar.
Pero la tranquilidad duró menos de un minuto.
Escuché pasos en el pasillo.
Después, un golpe seco.
La puerta se abrió.
Era Fiona.
—¿Está dormida?
—Completamente —respondió Flynn.
—Déjame verla.
Sentí que el colchón se hundía.
Fiona se sentó junto a mí.
Sus dedos tocaron mi cuello.
Buscaban mi pulso.
—Está respirando muy despacio.
—Te dije que la dosis funciona.