—Ve a cambiarte. Si después decides que no quieres salir, no te obligaré.
Cogí mi bolsa y me fui al baño.Mi bañador era negro y bastante discreto. Lo había comprado tres años antes, pero nunca había reunido el valor suficiente para ponérmelo delante de otra persona.
Cuando me lo puse y me miré en el espejo, se me llenaron los ojos de lágrimas.
Sentía que todo en mi cuerpo quedaba demasiado expuesto: el abdomen, los muslos y los brazos. Inmediatamente, me envolví en una toalla.
Cuando salí, mi abuelo seguía en el mismo lugar.
—Quítate la toalla, cariño.
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—No puedo.
—¿Por qué no?
Aquella pregunta hizo que finalmente me derrumbara.
—¡Porque estoy gorda, abuelo! ¡Porque odio mi cuerpo! ¡Porque la gente se ríe de mí cuando me mira!