En una habitación sellada, Lana encontró cientos de fotografías y un mural de una niña corriendo entre los árboles: Cassia, un nombre que se repetía en notas y registros. Resultó que Cassia había sobrevivido, viviendo bajo una nueva identidad como Maya Ellison, una mujer tranquila que regentaba la librería del pueblo. Cuando Lana le mostró el mural, Maya lloró. «Pensé que era una historia que me había contado a mí misma. Nunca creí que fuera yo».
Tres supervivientes —Nora, Kimmy y Maya— se reencontraron. Hablaron de las demás, de recuerdos borrados y nombres olvidados. Algunas habían muerto, otras habían huido, y algunas, tal vez, seguían ahí fuera, esperando ser encontradas.
Un nuevo letrero se alza ahora en Morning Lake: «En memoria de los desaparecidos. A quienes esperaron en silencio: sus nombres perduran». Y en la quietud, el pueblo del condado de Hallstead respira de nuevo, sabiendo que algunas historias, por muy enterradas que estén, siempre saldrán a la luz.