Regresé antes de lo previsto y encontré una nota atada a una rama de olivo frente a mi puerta, mientras los Aranda ya calculaban cuánto valía la finca que yo había levantado desde la ruina. “Vende antes de que otros decidan el precio por ti.” No respondí: quemé la nota y llevé mis escrituras al registro. Pero el viejo mapa escondido por Teresa revelaba algo que ellos jamás quisieron que yo encontrara.

Mateo se sentó junto a ella.

—¿Te arrepientes?

Clara sonrió.

—De comprar una ruina sin verla, quizá debería.

—Pero no lo haces.

—No.

Miró hacia las terrazas.

Pensó en Julián.

Nunca dejó de quererlo.

Tampoco necesitó borrar aquella vida para poder amar la nueva.

Había tardado años en comprenderlo.

Algunas pérdidas no se reemplazan.

Se aprende a construir alrededor de ellas.

—Cuando llegué —dijo— pensaba que había comprado el peor terreno de España.

Mateo soltó una carcajada.

—Yo también lo pensaba.

Clara le dio un ligero golpe en el brazo.

—Gracias.

—Continúa.

Ella observó los viejos olivos.

—Creía que el tesoro eran esos árboles.

Mateo esperó.

Clara miró a Lucía, a sus hijos, la casa restaurada y las gallinas correteando por el patio.

—Pero los árboles solo consiguieron que me quedara el tiempo suficiente para encontrar lo demás.

Mateo tomó su mano.

En aquel mismo lugar donde Clara había llegado