Regresé antes de lo previsto y encontré una nota atada a una rama de olivo frente a mi puerta, mientras los Aranda ya calculaban cuánto valía la finca que yo había levantado desde la ruina. “Vende antes de que otros decidan el precio por ti.” No respondí: quemé la nota y llevé mis escrituras al registro. Pero el viejo mapa escondido por Teresa revelaba algo que ellos jamás quisieron que yo encontrara.

PARTE 1

Cuando los hombres del banco arrancaron de la pared el reloj que había pertenecido a su madre, Clara Valdés comprendió que no solo estaba perdiendo su casa: estaban desmontando, pieza por pieza, los 9 años de vida que había construido junto a su marido.

Era 1891, en las afueras de Oviedo. Clara tenía 31 años y llevaba apenas 4 meses de viuda. Su esposo, Julián, había trabajado como capataz en una explotación minera de carbón cerca de Mieres. Un derrumbe provocado por unas galerías mal reforzadas había terminado con su vida y con la de otros trabajadores.

La desgracia no acabó allí.

Pocos días después, Clara descubrió que Julián había invertido todos sus ahorros en una pequeña sociedad minera junto a su primo Esteban. Los documentos colocaban a Julián como avalista principal de varias deudas. Esteban, que había jurado delante de toda la familia que el negocio era