Miles de noches en las que pude pedirle a alguien que averiguara si estaba bien.
Yo tenía recursos para encontrar prácticamente a cualquier persona.
Simplemente había decidido que respetar mi orgullo era más importante que enfrentar mi culpa.
Sophie se sentó frente a mí.
—¿Eres rico de verdad?
La pregunta fue tan inesperada que Emily la miró con sorpresa.
—Sophie.
—¿Qué? Mamá dijo que tenía mucho dinero.
La niña volvió a mirarme.
—¿Cuánto?
Por primera vez desde que llegué, sonreí.
—Demasiado.
—¿Más de un millón?
—Sí.
Abrió los ojos.
—¿Más de cien millones?
Emily se llevó una mano a la frente.
—No tienes que contestar eso.
—Sí —dije.
Sophie guardó silencio unos segundos.
Luego señaló una cubeta que estaba cerca de la pared.
—Entonces el techo no debería gotear.
Emily cerró los ojos.
Yo miré la cubeta.
Ahí estaba mi primera tentación.