Tengo 72 años y llevaba ocho viuda cuando apareció Ernesto. Durante un año tuvimos una relación que me hacía feliz
Hace poco Ernesto volvió a decir la frase con la que empezó todo: «A nuestra edad no tiene sentido mantener dos casas». Y luego se rió.
-Aunque a lo mejor sí.
Yo también me reí.
A los veinte años habría pensado que querer a alguien era querer compartirlo todo. A los 72 he descubierto que puedo querer muchísimo a una persona y, aun así, necesitar algunas noches cerrar la puerta de mi casa sabiendo que detrás solo estoy yo.
No siento que lo nuestro sea menos serio por eso. Quizá, simplemente, hemos dejado de intentar que se parezca a la vida que tuvimos con otras personas.
¿Vosotras qué pensáis? ¿Una pareja que se quiere debería acabar viviendo junta, o después de muchos años de independencia tener dos casas puede ser justo lo que hace que la relación funcione?
Si esta historia os ha llegado, compartidla con la gente que queréis.
Tengo 72 años y llevaba ocho viuda cuando apareció Ernesto. Durante un año tuvimos una relación que me hacía feliz: cada uno en su casa, nos veíamos cuando nos apetecía y algunos fines de semana dormíamos juntos. Un día me dijo: «A nuestra edad no tiene sentido mantener dos casas». Me pareció razonable y se vino a vivir conmigo. Me bastaron cinco semanas para entender que, precisamente a nuestra edad, mantener dos casas podía tener todo el sentido del mundo…
Me llamo Maite, vivo en Cádiz y estuve treinta y nueve años casada con Paco. Cuando murió, yo tenía 63. Los primeros meses fueron muy duros. Durante mucho tiempo seguí poniendo dos vasos en la mesa, y alguna vez hasta le compré su yogur favorito sin darme cuenta. Luego, poco a poco, la casa se fue convirtiendo en otro sitio. Ni mejor ni peor: sencillamente mío.
Aprendí a vivir sola. Los lunes hacía la compra, los miércoles quedaba con mi hermana y los viernes solía tomar café con dos antiguas compañeras de trabajo. Si me apetecía comer a las tres, comía a las tres. Unas noches me hacía una ensalada y otras una tortilla a las diez. Nadie me preguntaba qué había de cena ni a qué hora pensaba volver.
Cuando conocí a Ernesto, yo ya estaba hecha a esa vida.