Tengo 72 años y llevaba ocho viuda cuando apareció Ernesto. Durante un año tuvimos una relación que me hacía feliz
Fue en una comida que organizaron unos amigos. Él tenía 74 años, estaba divorciado y llevaba mucho tiempo viviendo solo. Nada de flechazos. Nos sentaron juntos, hablamos, nos reímos y, al despedirnos, me pidió el teléfono.
Lo nuestro empezó con mucha calma. Un café, un paseo por el puerto, una comida. Luego empezamos a pasar noches juntos, unas veces en mi casa y otras en su piso. Si alguno tenía planes, no pasaba nada: nos llamábamos al día siguiente. Y eso, precisamente, era lo que más me gustaba.
Al cumplir un año, Ernesto empezó a hablar de vivir juntos. Su piso era de alquiler y el mío era mío, así que parecía absurdo seguir pagando dos viviendas.
-A nuestra edad no tiene sentido mantener dos casas -me dijo.
Y yo pensé lo mismo.
Mis hijos se alegraron; mi hijo hasta bromeó con que por fin iba a dejar de llamarme para ver si estaba bien. Así que Ernesto dejó su piso y se trajo sus cosas.
Los primeros días fueron divertidos. Había cajas por todas partes y discutíamos dónde poner sus libros. Tuvimos que vaciar medio armario, compramos otra mesilla para el dormitorio, y un día Ernesto apareció con una cafetera enorme porque, según él, la mía hacía un café malísimo. Me gustaba verlo allí.
Hasta que empezamos a convivir de verdad.
Ernesto se levantaba a las siete y media, incluso los domingos. Subía las persianas, encendía la radio y preparaba café. Yo llevaba años disfrutando de mañanas lentas: me levantaba cuando quería y podía pasarme una hora leyendo en silencio.
Él necesitaba saber qué íbamos a hacer durante el día.
-¿Comemos en casa?
-¿Vas a salir esta tarde?
-¿A qué hora vuelves?
No lo hacía por controlarme. Era, sencillamente, su forma de compartir la vida con alguien. Pero yo empecé a sentirme incómoda de una manera que no sabía explicar.
Luego estaban las pequeñas cosas. Ernesto dejaba las llaves en el plato donde yo ponía las cartas. Cambió varias sartenes de sitio porque decía que así eran más prácticas. Ocupó dos baldas del baño. Por la noche veía programas que yo no había visto en mi vida, y yo bajaba la voz cuando hablaba por teléfono para no molestarle.