Tengo 72 años y llevaba ocho viuda cuando apareció Ernesto. Durante un año tuvimos una relación que me hacía feliz
Nada era tan importante como para discutir. Y, sin embargo, todo junto empezó a pesarme.
Una tarde me llamó mi hermana para tomar un café. Antes de contestarle, miré hacia el salón y pensé que a lo mejor Ernesto esperaba que pasáramos la tarde juntos. Ese gesto me dejó intranquila. Durante ocho años no había tenido que consultar con nadie, ni siquiera de pensamiento, para decir que sí a un café.
En la quinta semana pasó algo sin importancia. Ernesto había salido a comer con un amigo y yo me quedé sola en casa. No hice nada especial. Me preparé un bocadillo, dejé los platos para luego, me tumbé en el sofá y me pasé casi toda la tarde leyendo. Cuando miré el reloj habían pasado tres horas.
Me sentía feliz.
Y entonces oí la llave en la puerta.
Lo primero que sentí fue decepción porque ya había vuelto. Me dio muchísima vergüenza.
Aquella noche apenas abrí la boca, y Ernesto acabó preguntándome qué me pasaba. Le conté la verdad. Esperaba que se enfadara, y en parte así fue.
-Entonces no quieres vivir conmigo.
Le dije que no era exactamente eso.
-Maite, o quieres vivir conmigo o no quieres.
A lo mejor tenía razón. El problema era que yo le quería a él, pero no quería aquella convivencia.
Durante unos días intentamos cambiar algunas cosas. Ernesto dejó de preguntarme tanto por mis planes. Yo intenté que no me irritaran sus cosas en el baño. Hasta acordamos que algunas tardes cada uno iría a su aire. No funcionó. Porque el problema no eran las llaves, ni las sartenes, ni la radio.
Una noche se lo expliqué como mejor supe. Durante casi cuarenta años había compartido mi vida con Paco. Había sido esposa, madre y la persona que sabía qué necesitaba cada uno en casa. Perderlo me hizo sufrir muchísimo, pero con los años había descubierto una independencia que nunca antes había tenido. Y no quería perderla ahora solo porque me había vuelto a enamorar.
Ernesto se quedó callado. Luego me confesó que él también echaba de menos cosas de su antigua casa: escuchar la radio en la cama, cenar cualquier cosa o invitar a un amigo sin pensar si a mí me molestaría.