La mañana la sorprendió sola en una habitación enorme, con cortinas blancas que se movían suavemente por el aire frío del acondicionador. Durante unos segundos, Mariana no supo dónde estaba. Luego sintió el dolor en la cadera y en la espalda, y soltó un quejido al intentar levantarse de la cama.
Nada había sido como lo imaginó. No era el romanticismo lo que le dolía, sino los tacones. Aquellos tacones imposibles que Amir había insistido en que llevara toda la noche.
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Una noche pretendiendo ser otra