Amir se había reído al verla tambalearse dentro del restaurante de lujo al que la había llevado a cenar.
—Mariana, tienes que aprender a caminar como una reina —le dijo sonriendo.
Y ella, mareada por la atención, había intentado parecer alguien distinta. Tras años usando únicamente zuecos de cocina y deportiva barata del mercado, se encontraba encaramada en unas de marca que costaban la mitad de su salario. Toda la noche caminó por el hotel, sobre el mármol pulido, sonriendo y fingiendo sentirse cómoda. Por la mañana, apenas podía sentarse.
Comenzó a reírse sola. Una risa cansada, amarga y sincera. Entonces Amir salió del baño con una camisa blanca.
—¿Qué pasó?
—Me mataron tus de princesa —respondió ella.
Él la miró unos segundos y soltó una carcajada. Una risa verdadera, cálida, sin burla. Por primera vez desde que lo conocía, Mariana sintió que él también era humano, y no solo la imagen perfecta que intentaba proyectar.
La otra cara de la riqueza
En los días siguientes, Mariana empezó a ver el lado oculto de la vida de Amir. Sí, tenía dinero. Muchísimo dinero. Pero vivía solo en una enorme mansión, hablaba más por teléfono que con personas, y casi nadie lo visitaba sin algún interés detrás.
Una tarde, mientras tomaban té en la terraza, él le preguntó sin rodeos:
—¿Por qué huiste de Rumanía?