La pantalla parpadeó.
Apareció Harrison.
Era mucho más joven.
Estaba sentado en un despacho.
A su lado estaba Elena.
Sentí que el corazón se me detenía.
Había olvidado su voz.
Eso fue
lo que más me dolió.
—Harrison, deja de poner esa cara —decía Elena en la grabación—. Parece que estamos haciendo un testamento.
Él sonrió.
—Técnicamente estamos creando una fundación.
—Pues sonríe. Si vas a regalar tanto dinero, al menos aparenta estar contento.
Me tapé la bocapara no sollozar.
Después Harrison miró directamente a la cámara.
—Hoy, 18 de septiembre de 1998, Elena Romero y yo hemos acordado crear un fondo destinado a ayudar a personas mayores sin recursos suficientes para recibir una atención digna.
Elena añadió:
—No quiero mi nombre
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