Pero mientras observaba
la letra de Harrison comprendí que él nunca había querido una guerra.
Quería algo mucho más difícil.
Quería saber si, después de perder aquello que más deseaban, sus hijos serían capaces de convertirse nuevamente en una familia.
Y ahora, de alguna manera, me había dejado a mí la decisión de darles esa última oportunidad.
Durante todala noche dejé el sobre sobre la mesa.
Podía haberlo abierto inmediatamente. Harrison me había dado ese derecho. Sin embargo, cuanto más miraba aquellas palabras —“Solo Isabel puede decidir si deben leerlo”—, más comprendía que
quello no era otra prueba legal.
Era algo personal.
A la mañana siguiente llamé a Patricia.
—Quiero que tú y tus hermanos vengáis mañana a las cuatro.