Pero puse una condición.
No quería un sueldo extraordinario, una oficina lujosa ni un coche con chófer.
Quería que una parte importante del nuevo patrimonio se destinara a ampliar las plazas subvencionadas y a crear programas contra la soledad de las personas mayores.
También propuse algo que sorprendió al consejo.
Cada centro tendría una gran sala común.
Con libros.
Música.
Café.
Y mesas de ajedrez.
No llevarían el nombre de Harrison.
Tampoco el