Sonreí.
—Tu padre tampoco era tan bueno como decía.
Patricia soltó una pequeña risa
entre lágrimas.
Daniel terminó sentándose.
Coloqué las piezas.
Aquella tarde no hablamos de millones.
No hablamos del tribunal.
Ni siquiera hablamos de la herencia.
Jugamos.
Y por primera vez entendí completamente la última pista de Harrison:
el rey nunca fue la pieza más importante.
No hablaba del ajedrez.
Hablaba de su vida.
Durante décadas había sido el rey de un pequeño imperio económico. Todos habían mirado su fortuna, sus propiedades y su poder.
Pero al final, ninguna de esas cosas estuvojunto a su cama.
Solo quedaron las personas.
Y las
decisiones que había tomado por ellas.
Una semana después acepté oficialmente la presidencia de la Fundación Elena.