El viernes por la mañana
me instalé en mi nuevo hogar.
La amplia terraza estaba inundada por la suave luz matutina. Plátanos centenarios y robles frondosos ofrecían una sombra densa y reconfortante, protegiéndome del calor implacable de Arizona. En el interior, el ambiente olía a cera de abeja, a papel viejo y a cedro. La cocina, con sus armarios blancos y sus ventanas abiertas al jardín, me recordaba a mis años felices junto a Harold; pero aquí, a diferencia de entonces, no había estrecheces. Había espacio para una vida nueva y libre.
Había contratado a paisajistas para crear un jardín de rosas alrededor de toda la casa: exactamente aquel con el que llevaba soñando cuarenta años. Había recurrido a una empresa de limpieza, a cocineros para organizar la despensa, y había hecho instalar un moderno sistema de seguridad con cámaras invisibles en todo el perímetro. Mi cuenta de ahorros rebosaba de decenas de millones de